Lluvia de listos.

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Lluvia de listos.

«Una lluvia radioactiva, proveniente de un meteorito con mucho poder, invade el jardín de un asilo situado en la ciudad de Mollet.»

Unos días antes del acontecimiento, Rodrigo ingresaba en la residencia El jardinet. Fue un acto voluntario, había perdido a su esposa y se encontraba solo. Tampoco quería molestar a sus dos hijos, cada uno había formado su propia familia y decidió buscarse un lugar de descanso bonito. Por supuesto había acertado en su elección, era el mejor de la zona del Vallés.

Ese día se sentía triste, no encajaba en ese lugar. Siempre había sido muy inteligente, más de lo normal, aunque nunca había medido su coeficiente. Eran otros tiempos. Cualquiera pensaría que en vez de ser un problema sería una gran suerte, pero a Rodrigo no se lo parecía.

Cuando sus compañeros se reunían en el jardín para entretener el día con los juegos de mesa, bostezaba de aburrimiento. Si quisiera, le ganaría la partida a cualquiera de ellos, incluso al ajedrez, no era el juego más popular entre los residentes, pero quería pasar desapercibido y encajar en su nuevo hogar. Decidió leer un libro en el salón.

Un ruido metálico y estridente le sobrecogió y dejo el libro abierto sobre una mesita. Los gritos le alertaron. Se quitó las gafas de leer, las guardó en el bolsillo de la camisa y salió corriendo para averiguar la razón de la histeria colectiva. La corriente humana le guió directamente a la puerta del jardín, donde se rezagaban los ancianos ante una avalancha de temor.

Los residentes que ocupaban la rosaleda miraron hacia el cielo antes de huir de las gotas negruzcas, sin poder evitar que les calara la piel. Las sillas se desordenaron sin control y los juegos se desparramaron por el suelo y las mesas. En cuestión de segundos, todos tenían un aspecto sucio y patético, pero inamovible. No sabían qué había sucedido, pero había cesado. Se sentaron de nuevo, a plomo, en sus sillones de mimbre, derrotados por el silencio y las miradas expectantes de sus compañeros. Tan siquiera estaban en el mismo asiento de antes y el desorden les inquietaba todavía más.

Por otro lado, la puerta de entrada quedó taponada por curiosos y cuidadoras. Al haberse salvado de la lluvia, se creían victoriosos de una batalla ajena y con sus miradas desconcertaba incluso más a los afectados.

Los síntomas aparecieron de repente, a los pocos minutos. Los desafortunados desfilaron de uno en uno, traspasando la aglomeración que había dejado un pasillo libre para su paso. La enfermería se llenó  de pacientes, todos se quejaban de un cosquilleo extraño en la cabeza. Ante la oleada, la residencia se puso en contacto con el alcalde y decidieron trasladar a los ancianos al hospital de la población.

Sin poder evitar la filtración de la noticia a la prensa local, decidieron aislarlos en una zona restringida. Debían asegurarse de que no existiera peligro de contagio para el resto de la población, si realmente encontraban algo.

A todos ellos se les practicaron pruebas médicas, sin encontrar nada fuera de lo normal. Mientras tanto, los octogenarios pasaban el rato con normalidad, como si fuera cualquier día y estuviesen entretenidos en el jardín de su residencia. Las enfermeras observaban impactadas su maestría a la hora de jugar al ajedrez y demás juegos de mesa, quizás, con demasiada rapidez mental. Parecían profesionales. Al principio, ellas les sonreían, después, una sombra oscureció la duda y avisaron a los doctores. Estaba claro, debían medirles su intelecto y, para su sorpresa, todos sobrepasaban la media, y bastante.

De inmediato los separaron sin saber reaccionar ante un suceso tan extraño. A las pocas horas, los ancianos estaban nerviosos e hiperactivos y decidieron juntarlos de nuevo. Era  imposible mantenerlos separados porque se aburrían y no dejaban de tocar el timbre. Las enfermeras, nerviosas, pidieron que los devolvieran a la sala de juegos. Eran inofensivos, aseguraban, todos tienen más de ochenta años.

El alcalde, cuando se enteró de la noticia, inspeccionó toda la residencia buscando rezagados que pudieran estar infectados con algo desconocido. No debían quedar cabos sueltos, era muy peligroso. Todos los residentes fueron investigados a fondo y solo hallaron a una persona con los mismos síntomas, Rodrigo, aunque su nivel de intelecto era inferior a los demás afectados.

Enseguida investigaron su ficha de ingreso. Al no constar ningún dato que aclarara la duda, le informaron de su estado y lo llevaron al hospital. No escucharon su súplica, asegurando que era muy listo, desde niño, pero no estaba enfermo. Además, estaba seguro de no haber salido al jardín esa mañana, aunque a sus años dudaba muchas veces, pero este no era el caso. Por supuesto, no le prestaron atención.

A Rodrigo lo llevaron a la sala donde estaban reunidos sus compañeros. Estaba asustado, no entendía la reacción de los doctores. Siempre ha sabido de su inteligencia, pero nunca pensó que le crearía tantos problemas. Meditó mucho, sin hallar ninguna solución. Estaba atrapado en una pandilla de ancianos más listos que él, aunque él fuera uno de ellos. Observaba cómo se abstraían sus acompañantes y hacían verdaderas competiciones de todo tipo, la mayoría de las veces quedaban en empate. De repente una idea lo hizo saltar de la silla, los demás se rieron de su impulsividad.

­—Escuchad amigos, tengo la solución. Todos piensan que la lluvia radioactiva nos ha dotado de inteligencia y nos han aislado. Debemos hacer algo, no podemos pasar, el poco tiempo que nos queda de vida, atrapados en un hospital. Podríamos hacernos los tontos, pensarán que sus efectos se han esfumado igual que vinieron. Solo entonces nos dejarán volver a nuestro hogar y seguir con nuestra rutina. Todos se miraron y asintieron. Era un plan genial, sería fácil engañarles. Empezarían con algún temblor y luego fingirían perder al ajedrez. Primero lo haría uno, luego otro, hasta convertir la sala en una residencia apacible de ancianos.

Hacerse pasar por tontos les dio resultado. A los pocos días volvieron a la residencia felices, con más inteligencia que antes y, por supuesto, con la lección bien aprendida.

Más vale medio sabio que muchos entretenidos.

 

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