Mollet a má. Gracias Juanjo Conejo.

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Primer capitulo, gratuito, de La isla de Trébola.

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Momento cero

Al abrir los ojos, una luz cegadora me obliga a parpadear varias veces, antes de poder distinguir unos grandes focos que me deslumbran y a la vez, me proporcionan un calor agradable. Una enorme placa metálica, colmada en su totalidad de luces redondas, está pendida del techo a todo lo largo de mi menudo cuerpo. Apenas dista un metro de distancia de mi piel.

Aunque llevo encima una sábana, siento que estoy completamente desnuda. Intento moverme, pero algo me retiene. Estoy inmovilizada de arriba abajo y ni tan siquiera puedo levantar la cabeza para descubrir lo que hay a mi alrededor. Tengo miedo. ¡Maldita mi suerte! ¿Dónde estoy? Además, en mi nariz hay algo fino, como si tuviera introducidas unas gomas que expulsaran aire dentro de mis fosas nasales. No logro averiguar en qué lugar me encuentro, ni entiendo lo que me pasa. Tengo la percepción de haber estado inconsciente durante mucho tiempo. ¿Habré sufrido otro atentado?

Hace diez años de aquel fatídico día: el 11 de marzo de 2004. Jamás olvidaré esa fecha. Perdí más que mi brazo derecho en la estación de Atocha. Mi vida se resquebrajó como los muros que yo sola intentaba sostener. Como único escudo, mi uniforme de agente de policía. Intento recordar y me viene a la memoria la imagen de mi fiel amigo Sinatra, que siempre me acompaña. Antes de la explosión, se mostraba muy nervioso, sin duda por el sexto sentido que dicen que tienen los perros. Él salió ileso del atroz ataque terrorista y fue mi salvación. Gracias a su inestimable ayuda, pude salir viva de los escombros que me habían sepultado totalmente.

Unas visiones entrecortadas vienen y van, me descontrolan y me hacen perder la noción del tiempo. Pese a la ofuscación, puedo garantizar que mi compañero está a mi lado. Intento llamarlo y no puedo. ¡Maldita mi suerte! Mi boca está ocupada por algo extraño que me lo impide. Tampoco puedo pedir ayuda. Las luces dañan mis ojos y distorsionan todo lo que está a mi alcance. La plataforma se balancea en rápidos movimientos que sólo ocurren en mi cabeza. Me estoy mareando. Cierro los párpados de nuevo en un intento de apaciguar mi miedo, sin conseguirlo. Es imposible deshacerme de la potente luz que se ha grabado en mi retina y alumbra mi oscuridad formando caprichosas formas. Abstraída por ellas, noto que el sueño comienza a vencerme y que voy perdiendo la batalla por momentos. Un desvanecimiento tenue se apodera de mi percepción y se prolonga hasta quedar profundamente derrotada.

Quizá no esté solo, porque escucho una respiración leve y acompasada a la mía. Casi me rozan el oído unos ronquidos muy suaves. Una luz potente me impide abrir los ojos con normalidad. Intento moverme para comprobar si estoy en lo cierto y alguien susurra a mi lado. Sin embargo, con las luces que penden encima de mi cabeza, apenas puedo distinguir lo que se esconde a mi alrededor. Mis ojos, aunque están deslumbrados, sí pueden moverse. Busco con el rabillo del ojo algo tangente que me aporte cordura, hasta poder distinguir una imagen nebulosa. Me esfuerzo en descifrar su contorno, incluso ahondar progresivamente en una imagen nítida que me aclare algo. Apenas dos metros me separan de la otra cama, la cual presiento idéntica a la mía. En ella puedo apreciar la silueta de una mujer que todavía duerme. Debe ser una señorita, porque su cuerpo delgado se define bajo la sábana, sobresaliendo sus firmes pechos. No logro reconocer a esa joven. ¿Qué está pasando? Me preocupa mi inmovilidad, al menos de cintura para abajo. Sería un milagro poder notar mis piernas. ¡Ojalá! ¿Seré un enfermo peligroso? Es imposible encontrar respuesta a tanta seguridad. ¡Ni que fuera un preso! Por mucho que lo intento, no consigo recordar nada. Ninguna imagen lógica me llega para relacionarla con mi situación actual. Tampoco lo ocurrido antes de este momento. Me siento angustiado. No se me ocurre una razón coherente para justificar mi presencia en este lugar tan raro. Espero no haber tenido otro accidente. Tuve bastante con el sufrido hace apenas un año y sería insoportable que pudiesen arrebatarme algo más. Estoy demasiado asustado para pensar, pero sigo dando vuelta a mi cabeza en un sinfín de sospechas, intentando encontrar una respuesta que alivie mi desasosiego. ¿Dónde estoy? En este preciso momento, comienza a danzar una procesión de pensamientos, unas secuencias entrecortadas que el pánico no me deja entender con claridad. Recuerdo que me despedía de mi último día ocioso, después de un año de convalecencia. A la mañana siguiente, comenzaría con mi esperada rutina universitaria y decidí pasar el resto de la jornada, descansando tranquilamente en el parque de El Retiro. En cuestión de segundos, alguien me sujetó por la espalda con violencia y estiró de mí, arrancándome de la silla de ruedas como si fuese un árbol seco. No recuerdo muy bien qué sucedió después, ni quién lo ejecutó. Tampoco encuentro un razonamiento lógico que me desvele el porqué de la agresión a un inválido. Sin tener tiempo de reaccionar, me encontré tirado en el interior de una furgoneta Seat blanca. Estoy seguro del vehículo, porque mi padre siempre cargaba las flores del mercado en uno igual. Al momento inhalé un olor muy fuerte y alguien me amordazó con un pañuelo impregnado de un líquido que me hizo perder el conocimiento. Sería cloroformo. Estoy inquieto por todo el ruido de fondo, puede que haya cerca una gran cascada de agua. Los sonidos se acercan y me acobardo algo más. Siento un poco de aire. Supongo que detrás hay una puerta, ahora inalcanzable. Mientras intento desvelar mi mar de dudas, sin concebir otra salida, cierro los ojos para parecer dormido.

Me siento aturdida. Escucho el sonido de una puerta batiente al abrirse con violencia, como si estuviera dentro de una escena en una película del Oeste. Mi mente recrea el silbido de las balas ululando sobre mi cabeza y desfilando victoriosas en movimientos muy lentos, casi estáticos. Parece que el nuevo despertar ha reavivado mis percepciones más creativas. ¿Estaré en un sanatorio mental o, quizás, en un lugar más siniestro? He decidido permanecer con los ojos cerrados para intentar comprender mi presencia en este aislamiento forzoso y el motivo por el cual estoy fijada a la cama como si fuera una criminal. Algo me hace retroceder a la realidad, cuando noto la presencia de varias personas. Deben ser tres o cuatro por las diferentes voces que se escuchan al conversar entre ellas. Me entra prisa por escapar, sin reparar en que estoy inmovilizada. Intento batirme de nuevo con todas mis fuerzas, pero no lo consigo. ¡Piensa! Lo mejor que puedo hacer es permanecer impasible y parecer dormida. Maldita mi estampa, pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Es imposible! En todos mis años de experiencia en el cuerpo de policía, he sorteado numerosos peligros, yo diría que demasiados, aunque este caso es indudablemente el más peligroso. Sí, sí. La mejor opción para salvar la vida es permanecer invisible el máximo de tiempo posible, esperando a que mi adversario se confíe. Por supuesto, la teoría en este caso en particular no es nada factible, puesto que no puedo mover ni un músculo. Tampoco esconderme, porque estoy atada a esta maldita cama. Tengo los ojos cerrados y puedo percibir unos pasos acercándose. Me asustan. Un molesto sonido, parecido a una bolsa andante de patatas fritas, se aproxima. Oír, ver y callar.

—¿Cómo ha resultado la operación?

—Bien, todo ha salido a la perfección. Las constantes vitales son normales y sin rechazo.

—Ajá, los resultados de la fusión han quedado soldados totalmente. Ajá, también advierto que todavía no han despertado. Esperaremos un día más y haremos la operación definitiva. Dejarán de sernos de utilidad.

—Doctor, ya nos encargaremos nosotros de los restos.

¡Estoy temblando! He tenido suerte. Esos doctores, según les he escuchado hablar entre ellos, no se han dado cuenta de que estoy despierto, aunque la sábana bailaba sin cesar. Noto algo extraño cuando ellos se mueven y un sonido a lluvia rechina en mi cabeza. Me pregunto qué han querido decir con eso de que nosotros no les seremos ya útiles. Tampoco entiendo muy bien aquello de que se encargarán de nuestros restos. ¿Tal vez haya fallecido? Imposible, porque entonces no sentiría cómo me late el corazón. Lo tengo tan agitado que me extraña que no se me haya escapado del pecho. ¿Puede que sean traficantes de órganos? Me horroriza la idea. Sólo espero que todo lo ocurrido tenga una razón lógica. ¿En qué lío me he metido? ¿Cómo voy a salir de esta situación tan irracional? Encima me acompaña una persona extraña en la cama contigua, a la cual no logro reconocer. Ni siquiera puedo descartar que sea una criminal o una loca que vaya a agredirme en cuanto me despiste.

Sigo sin entender nada. ¿De qué hablan esos matasanos? Menos mal, ya se han marchado todos sin darse cuenta de que estaba despierta. ¿Me matarán y se desharán de mis restos, tal como dijo esa persona? Debo ser valiente y averiguar qué está sucediendo antes de que sea demasiado tarde. Es muy raro, continúo escuchando un susurro cerca…, intentaré mirar de reojo. Sí, parece haber alguien más en lo que supongo una habitación de hospital. Por el rabillo del ojo, puedo observar una cama semejante a la mía. Parecen idénticas, porque veo el panel de luces desde otra perspectiva. Lo observo con valentía hasta reparar en la figura de un hombre bastante grande. Si pudiera, le pediría ayuda. Aunque lo intento, no puedo moverme ni un milímetro. Él tampoco, supongo. Ahora puedo observarle con más nitidez y me fijo en su aparatosa cara. Su boca está obstruida por un tubo que penetra su garganta, y además, su nariz cuenta con un plástico introducido dentro de sus fosas nasales. También está enganchado por cables, desde todas las partes de su cuerpo, a unas máquinas muy sofisticadas. Es lo mismo que yo noto a lo largo de todo mi cuerpo. Está atado a la cama desde la cabeza a los pies con una especie de cadenas de plástico. Él no ha podido ser… ¿O sí?

«Perdona…, ¿me has comentado algo? Lo digo porque estamos inmovilizados y tampoco podemos mover nuestras mandíbulas. ¡He notado una voz algo desagradable quejándose dentro de mí!»

«¡Lo siento, señorita! No pretendía ofenderla. Pero…, ¿puede escucharme?»

«Perfectamente, y me disgustan tus palabras. No soy ninguna criminal ni una loca que pretenda agredirte.»

«Te das cuenta de que hablamos con nuestras mentes, ¿verdad?»

Mi cabeza gira y gira. No es de extrañar, la situación se complica por momentos. ¿Qué experimento han realizado con nuestros cuerpos? Me temo que se refirieren a nuestra nueva habilidad: la telepatía. Poder comunicarnos por este medio es una locura y, a la vez, un imposible. Nunca he sido una mujer especial, ni sensible, principalmente, lo segundo. Según declaran mis ex compañeros, soy muy burra en todo. Estoy segura de que son ellos los insensibles, porque no paran de hacer perrerías para cabrearme y que les suelte unas cuantas frescas. En un inicio, la razón principal de sus burlas era por ser la única mujer del cuerpo de policía. Desde que me invitaron amablemente a dejarles, se han quedado sin la parte femenina que les complementaba. Por supuesto, me quedó una asignación de por vida para poder subsistir dignamente, aunque para mí, ha sido imposible desconectar del todo de una ilusión que ocupaba mi existencia desde la niñez. Por ese motivo, me dediqué en cuerpo y alma a conseguir la licencia de detective privado para poder, en ocasiones, cooperar con ellos en sus casos más delicados. Me resultó bastante fácil, incluso añadiendo las trabas acarreadas por mi minusvalía en un mundo perfecto y completo. En un inicio, nadie contaba con mi ímpetu y mi empeño por salir adelante y dudaban de mi pronta recuperación. Una vez en activo, pudieron apreciar mi inestimable valía. En mi estado, mi paso resulta casi desapercibido por los barrios más bajos y peligrosos de la ciudad de Madrid. Si bien no pertenezco a la plantilla, siguen con sus trastadas como el primer día. No detienen sus palabras punzantes ante una mujer manca, al contrario, a ellos les encanta hacerme la vida imposible. Por supuesto, yo me puedo defender sola. Ahora que lo pienso… no entiendo lo que han querido decir esos desaprensivos. Si todo ha salido perfecto, entonces, ¿por qué quieren hacer desaparecer nuestros restos? ¡Maldita sea mi estampa! ¡Tantos misterios flotando en el ambiente y nadie que me los desvele! ¡Me siento inútil! No pretendo fallecer tan joven, menos ahora, cuando empiezo a salir del bache.

Sería un sabio si pudiera responder a todas las preguntas que nos reconcomen, pero me siento totalmente incapacitado para acabar con los interrogantes. No lo soy, aunque sea profesor de universidad: la titulación académica está sobrevalorada. Tampoco soy nada intuitivo. La única certeza que poseo es la necesidad de huir de este lugar lo más rápido posible. Hay algo siniestro en el ambiente que me pone los pelos de punta. ¿Quién nos ha secuestrado? ¿Para qué? Debemos desatar la cuerda, o el artilugio tan complicado que nos sujeta, y salir de aquí ahora, pero ¿cómo? Es inútil pensar en escapar, tampoco podríamos llegar muy lejos sin ser vistos y menos yo… Puede que, si nos hacemos los dormidos, les hagamos creer que todavía estamos inconscientes y ganaríamos algo de tiempo.

¡Maldita mi estampa! Estamos metidos hasta el cuello, por decir algo, en una misión demasiado peligrosa. Intento pensar, pero mi intelecto no responde con normalidad. Tendríamos una remota posibilidad si no estuviésemos atados… Aunque sólo fuera para tirarnos de la cama y reptar hasta conseguir ocultarnos detrás de la puerta. Sin más, tendríamos que sorprenderles cuando accedieran de nuevo a la habitación y dejarles inconscientes. Eso es imposible porque, por mucho que lo intente, estas ligaduras no se mueven ni un ápice. Para nada funcionará lo de hacernos los durmientes. No me ha parecido que esas personas nos tengan mucho aprecio, tampoco pretenden que estemos cómodos y calentitos.

«¿Sabes una cosa? Me encantaría volver a ver a Sinatra. Él controla a la perfección las mejores tácticas policiales y sabe aguardar el momento más indicado para atacar, incluso en los lugares más insospechados y peligrosos.»

«Me parece muy bien… ¿Quién es Sinatra?»

«Es mi compañero. No uno cualquiera, es un pastor alemán que estuvo cooperando con la policía nacional hasta su jubilación. Fue, entonces, cuando conseguí adoptarlo y ahora siempre me acompaña. Sobre todo, cuando investigo sola por las calles del centro, para protegerme, ¿sabes? Lo añoro mucho. Recuerdo cuando me raptaron, me lanzaron contra el suelo de la furgoneta blanca y atacó a uno de ellos, si no hubiera sido porque eran tres, mi Sinatra me hubiera liberado en un santiamén. Espero que esté sano y salvo. Sabemos que nos han secuestrado, inmovilizado y sedado. Sólo queda decir que estamos muy, pero que muy jodidos. Como no ocurra un milagro, me temo que no saldremos nunca de este patético lugar. A saber qué tienen pensado hacer con nuestros cuerpos.»

«Tampoco logro entender lo sucedido. Intento recrear el momento de la detención, sin averiguar quiénes me atacaron, ni la razón por la que me escogieron a mí entre toda la multitud. Por mucho que me esfuerzo en recordar aquel breve instante, no lo consigo. Mi situación es distinta, porque me atraparon por la espalda y, de improviso, me lanzaron directamente al interior del vehículo. No tuve tiempo de reaccionar ni de pedir ayuda. Sospecho que la furgoneta la aparcaron delante del mismo lugar donde me encontraba, porque, en cuestión de segundos, estaba sentado dentro de ella. Dudo que alguien se diera cuenta, aunque ocurriera delante de sus narices. ¿Cómo sabes que eran tres?»

«A ver, un joven asomó la cabeza y abrió la puerta de un golpe seco; otro, seguramente, descendió del coche por la puerta trasera, se adelantó a mi paso y me empujó con furia hacia el interior de la furgoneta; el tercero conducía. Sí, sí, eran tres. En décimas de segundo me lanzaron contra la chapa metálica como si fuera un saco de patatas. Por unos instantes, me quedé inmovilizada contra el suelo, sin poder levantarme con el único apoyo que tenía: mi mano izquierda. El más grande de todos ellos se agachó y me puso un pañuelo en la boca, humedecido en cloroformo. Apretó su mano contra mi cara para inmovilizarme, hasta conseguir que perdiera totalmente el conocimiento.»

Qué minuciosa y observadora. ¿Quién es esa mujer? Una duda me entretiene y me advierte de una incoherencia. No logro comprender la razón por la cual han secuestrado a la joven que tengo a mi lado. Parece una inofensiva detective privada, pero… ¿Será cierto? O me estará despistando para que no sepa su verdadera intención. Es una insensatez confiar en una desconocida y menos en unas circunstancias tan extrañas. Tal vez, sea de familia adinerada y esté ocultando información secreta del Estado… ¡Yo qué sé! De lo que estoy seguro, es que han cometido un tremendo error al escogerme. Esta convicción poco me consuela. Temo que no me liberarán, así como así. ¿Con quién me habrán confundido? Quizá, sea sólo una pieza colocada al azar y no exista ningún razonamiento posible. Tampoco me sirve de nada, lamentarme de esta situación sin sentido. Lo único importante es salir de aquí con vida. Se me olvidaba, ahora tengo una nueva habilidad, la telepatía. Debo aprovechar cualquier arma, por insólita e ilógica que sea, para salvar el trasero. ¿Y si esa joven está implicada en mi secuestro? Intentaré bloquear mis pensamientos, o ella sabrá todas mis dudas. Tampoco me fío demasiado de sus buenos propósitos. No obstante…, si no tengo ninguna experiencia en leer la mente, tampoco podré leer bien sus intenciones.

«¿Oye, cómo te llamas?»

Noto por el tono de su voz que le he impresionado. ¡Maldita mi estampa!, empezamos con mal pie. Siempre me pasa lo mismo, cuando creo consolidada la confianza con algún ser humano, sale huyendo pensando que soy una mujer demasiado peligrosa. Aunque, si lo pienso detenidamente, ese chico no está en disposición de escapar ahora mismo, ni de mí, ni de nadie. Si me pongo a considerar la gravedad, tampoco es el mejor momento para estimar las malas ni las buenas impresiones: debemos formar un equipo, si queremos salir airosos de este maldito lugar. Mejor lo tranquilizo.

«¡Cálmate! Intenta, en todo lo posible, no mostrar miedo. Sé que la primera impresión es la que cuenta y, aunque te parezca mentira, también puedo ser una persona agradable. Incluso, en los peores momentos. Me llamo Blanca, y ¿tú?»

Esta chica es muy extraña. Intento pensar en la situación en la que nos encontramos y buscar una escapatoria, sin lograr hallar una solución. Me estoy empezando a agobiar por momentos. No me basta con el calor de estos focos, ahora empiezo a temblar. Creo que es de miedo. Nunca he sido un hombre demasiado valiente, ni de mundo, como parece ser la chica que tengo en la cama contigua. Me pregunta cómo me llamo y no puedo responderle la verdad: ¿le digo que me llamo Armando Ruido? Mi madre tenía bastante sentido del humor…, tampoco es el momento más indicado para los chistes. No, me invento un nombre. Seguro que ella me ha mentido desde el primer momento y también ha falseado su identidad. Además, siempre he deseado llamarme de cualquier otra manera, tengo la oportunidad de quitarme el trauma que me ha perseguido desde la infancia.

«Yago, me llamo Yago.»

Siento mi cuerpo acorchado, estoy incómoda. Supongo que es de estar demasiado tiempo en la misma posición… ¡A saber cuánto! Pronto empezaré a notar el hormigueo característico en mis extremidades, bueno, en casi todas. Necesito moverme, pero…, ¿ cómo? Me encantaría estirar las piernas.

«¿Qué podemos hacer, Yago? No nos queda demasiado tiempo, hay que reaccionar y rápido. Pronto descubrirán que estamos despiertos y finalmente, conseguirán su macabro propósito…, pero te digo algo: ¡por encima de mi cadáver! ¿Qué estoy diciendo? No me hagas caso, a veces, desvarío.»

Intento sonreír, aunque el tubo me lo impide. Lo curioso es que no me molesta. Supongo que me habré acostumbrado a tenerlo puesto. Este pensamiento me indica la posibilidad de haber estado atado a esta cama durante mucho tiempo. En mi cabeza empieza a resonar un ruido extraño, como si estuviera en una playa y notara el intenso sonido de las gotas de lluvia al chocar violentamente contra el mar.

«Blanca, me parece que se acerca alguien. ¡Deprisa! Cierra los ojos para parecer dormidos. Siento decirlo, pero no podemos hacer otra cosa.»

Escucho como se abren y se cierran unas puertas con un golpe seco y se balancean hasta acabar cerrándose del todo. Algo frío y sonoro me está rozando el pie. ¡Maldita sea mi estampa!, estoy muy asustada. Noto una presencia acercándose a mi cabeza y… un golpe metálico. En un primer momento, pienso que un objeto pesado se ha desplomado hasta llegar al suelo. Sin embargo, una sensación extraña me avisa del error. Alguien está tocando las ataduras y me está liberando. No creo que me quiera ayudar y la duda me invade. ¿Qué pretenden? Estoy perdida. Es imposible aceptar que mi vida se acabe de una forma tan cruel.

«Yago, lo siento mucho. Ha sido imposible salvarte, lo siento, amigo. Encantada de haberte conocido, aunque nuestra relación no haya logrado perdurar más que un efímero y breve espacio en el tiempo.»

Estoy demasiado asustado para entender lo que quiere decirme Blanca. ¿Se despide de mí? No quiero abrir los ojos, no puedo ver cómo se la llevan. Me horroriza la idea de quedarme solo, a la espera de que llegue mi turno.

«Blanca, si te hubiese conocido antes, en una situación más grata, menos irracional, podríamos haber entablado una conversación normal, ir a un lugar agradable a tomar un café y pasear al perrito ese del que tanto hablas.»

Me da mucha pena pensar que no me quedan más que unas horas de vida y no voy a echar de menos a nadie de mi familia. En cambio, tengo la certeza de que extrañaré a una desconocida. Sólo escucho un crujido cada vez más cerca de mi oído y espera… Oigo el mismo golpe metálico de antes. Al momento, me siento liberado de la cama, pero sigo sin atreverme a mover ni un músculo. Ahora puedo afirmar que estamos perdidos del todo.

«¿Qué está pasando, Blanca?»

Imposible resistir más, desisto en mi empeño de conseguir ayuda: ni siquiera Sinatra lograría salvarme ahora. Escucho la puerta de nuevo y presiento la inminente entrada de más individuos. Me horroriza la idea de ignorar lo que van a hacer con mi cuerpo. Aprieto todavía más mis ojos. Empiezan a dolerme y decido entornarlos para echar una mirada. Estoy ansiosa por saber la suerte que ha corrido Yago, necesito averiguar algo, lo que sea, para conseguir sosegar mi ansiedad. Como imágenes celestiales, se presentan de nuevo aquellas luces que siguen inmutables a lo largo de todo mi cuerpo. Consigo abrir los ojos del todo y una alegría inmensa me invade. Noto en mi cuello un movimiento involuntario que deriva en alzar la cabeza de la pequeña almohada. La muevo de un lado para otro hasta estirar bien los músculos. Me siento aliviada y no sólo de poder estirar el cuello, también puedo tensar los músculos de mis piernas. Lo más sorprendente es notar que estamos los dos solos. Yago permanece a mi lado y un alivio mezclado con impaciencia me atormenta. Quien entró en la habitación, ya se ha marchado. ¡Blanca, piensa! Debo aprovechar esta oportunidad. Seguro que nos han liberado, pensando que estamos dormidos y estarán a punto de entrar de nuevo para llevarnos a un mal destino. Queda poco tiempo, debo actuar rápido antes de que se den cuenta de su error. Una buena agente caza al vuelo a las aves de rapiña.

«Yago, tenías razón. ¡Eres un genio!»

Nunca he creído en las casualidades. Este asunto me da cada vez más mala espina. No podemos confiarnos. Sería una suerte si llegamos a salir de esta habitación y un auténtico milagro si pudiéramos también escapar de este horrible lugar, sin que nadie se diera cuenta de nuestra ausencia. Me invade una sensación extraña. ¿Y si alguna de esas personas quiere que escapemos y desea que el experimento, al que se referían aquellos doctores, se truncase? Todo cobra sentido. Sería nuestra salvación, pero, ¿cómo vamos a salir de aquí? Debemos actuar con rapidez para que no descubran nuestro propósito.

«Vamos, Blanca. Debemos darnos prisa y escapar de este lugar. ¡Espera! No me acordaba… Mejor sálvate tú. Corre tanto como puedas y ponte a salvo. Cuando llegues al exterior, avisa a la policía para que venga a rescatarme.»

Casi estoy incorporada, si bien he tenido que relajarme para no desfallecer. Con demasiada ansia, me libero de todo lo que obstruye mis vías nasales y me deshago con cuidado del tubo que se ha ajustado a mi garganta, formando una prolongación de mi ser. Una vez sentada en la cama, noto cómo mi sangre comienza a fluir de nuevo por mis venas, a la vez que mis ojos descansan de la luz cegadora. Y en vez de sentirme aliviada, me siento angustiada. Yago sigue inmóvil, sin haberse movido ni un ápice de la cama y, aunque todavía tengo la vista borrosa, intento buscar su mirada para encontrarme con la respuesta. ¡Maldita sea mi estampa!, no logro entender lo que le ocurre, ¿por qué no se ha incorporado? Ni siquiera ha levantado la cabeza para mirarme.

«¡Pero qué dices, Yago! ¡No me voy sin ti!»

Sin atreverme a mirarle a la cara, me invade una sensación de frustración y tristeza. Ahora que había conseguido tener una oportunidad para salir de este lugar, me he dado cuenta de mi fatalidad. ¡No puedo! Yo no tengo ninguna posibilidad de huir, pero Blanca sí. La única opción posible es que ella salga corriendo, lo más deprisa que le lleven sus piernas, y pida ayuda. No hay otra.

«¡No, Blanca, soy paralítico! Es imposible que haya una silla de ruedas esperándome en la habitación. Cargar con mis dos metros de cuerpo a peso es imposible para una joven tan menuda como tú. Sálvate, hazme caso. No te olvides de mí y manda ayuda. Es imposible sostener esta situación durante demasiado tiempo.»

Me esfuerzo por entender lo que me quiere decir Yago, pero sigo sin lograrlo. Noto cómo sus pies se retuercen justo debajo de la sábana blanca que lo cubre.

«Yago, te estoy viendo menear las piernas.»

¡Es imposible!, cómo no me he dado cuenta antes. Si no fuera porque apenas tengo la vista cegada, diría que mis nuevas sensaciones son un producto de mi imaginación. Parece un sueño del que, por cierto, no quisiera despertar. ¡Si tengo brazo derecho! ¿Se referían a esto, cuando aquellos desalmados han considerado que la operación ha resultado un éxito? ¡Maldita sea mi estampa!, no entiendo nada. Es una pesadilla, o quizá, sea un sueño y me despierte en un santiamén. Lo único que apremia es la necesidad urgente de ponernos a salvo, luego, ya veremos.

No podré olvidar jamás la cara de satisfacción de aquel conductor borracho que me empotró contra el muro del aparcamiento de la universidad. Aunque le hayan castigado con dos años de cárcel, considero que debería de estar encerrado para siempre. Me destrozó las piernas y me hizo caer en una triste rutina, al ser incapaz de volver a la realidad. Me siento cada vez más inútil. Estoy atrapado en mi propio cuerpo. De repente, empiezo a escuchar las palabras de Blanca y un ápice de esperanza me invade. Levanto la cabeza para mirar hacia aquellas luces de nuevo y… ¡No puede ser! Ahora miro mis piernas y me atrevo a mover los dedos de los pies. Noto cómo se menean graciosamente y me retuerzo de gusto al saborear el milagro. Vuelvo en seguida a la realidad al ver la expresión de Blanca. Me observa y se ríe, acto seguido, se toca el brazo y tuerce la boca.

«¡Hay que salir de aquí!»

En mis numerosas operaciones especiales, he tenido que actuar con rapidez, sin embargo, en esta ocasión, es imposible. Estoy paralizada y no es de cuerpo, es de mente. Recuerdo lo que perdí hace diez años y me asusta la idea de volver al pasado. Es como si me hubieran dado un caramelo, pero detrás de aquella puerta ondulante, hubiera alguien escondido, agazapado, que me quisiera quitar lo que tanto ansío. Piensa, Blanca, piensa. Debo ser valiente. Ahora me siento completa de nuevo. Quiero y debo ser la misma persona de antes del atentado.

«¡Yago, iré yo primero!»

Estoy impaciente por salir de esta pesadilla y poder disfrutar de mis piernas nuevamente. Muevo los pies y, muy despacio, los pongo en el suelo. Al notar el frío del pavimento, me entran un sinfín de sensaciones. Alivio, alegría y terror. El valor me sube por la punta de los pies y llega hasta mi cerebro. Estoy pletórico. Algo me detiene y de un estirón me obliga a sentarme de nuevo. Arranco lo que me sujeta a la cama, los cables, las gomas y el tubo de mi boca, para liberarme al fin de mi pasado.

«¡No, déjame a mí! ¡Sígueme!»

Voy detrás de Yago, parece tan decidido que asusta. Los primeros pasos los da tambaleándose, como si fuese un bebé grande aprendiendo a andar. Trastabillando, llega hasta una mesa pequeña donde puede agarrarse. Deberá acostumbrarse a su nuevo estado. Siento vergüenza por mi indecisión, me gustaría tomar las riendas, porque esta situación me supera. Me toco el brazo constantemente. Sonrío ante una situación de pánico, pero mis sentidos se han revolucionado y no logro entender lo que siento en este momento. Me declaro aterrorizada. Lo que más me acongoja es dejarme llevar, por primera vez en mi vida, por una persona extraña, en vez de ser yo misma la que controle la situación. Tampoco puedo hacer otra cosa: debo seguir adelante, aunque mi autoestima salga maltrecha. ¡Voy a seguir a un extraño para salvarme el culo! Mi mirada se nubla y, por un segundo, tengo que apoyarme, con mi preciada mano, en la pared. ¿Y si Yago está metido en todo este embrollo? Me lo niego a mí misma. No puede ser. ¿O sí? Lo pensaré luego, ahora debo centrarme en salir sana y salva de este maldito lugar.

«¡Yago, ten cuidado!»

Me preocupa no notar ningún movimiento cercano. Es insólito dejar a dos personas secuestradas sin custodia… Si dejamos de lado el hecho de que alguien nos ha liberado, por alguna extraña razón que no podemos entender, sigue siendo una incógnita el camino que debemos tomar para escapar con vida de este lugar. Dudo que la puerta de salida esté sin vigilancia, ya serían demasiadas coincidencias. Parece un sitio bastante grande. Me asomo a la puerta de dos láminas, parecida a las utilizadas en las películas del Oeste, y sin hacer ruido, abro una hoja con cuidado. Sin embargo, Blanca va detrás de mí y no la sujeta. Se balancea y me hace retroceder para asegurarle que no haga ruido. La miro y tiene una expresión de cordero degollado. Una leve sonrisa sale de mi boca para tranquilizarla. Delante de mis ojos se presenta una sala enorme, repleta de improvisadas estancias con separadores de plástico, donde se puede visualizar toda la nave de tan sólo un vistazo. También nos podrían ver con gran facilidad. Ese pensamiento hace que me apresure a pegarme a la flexible pared, por miedo a ser descubierto.

«Escóndete, Blanca. Si podemos ver todo, ellos también pueden hacerlo.»

Yago se para y no entiendo la razón, hasta darme cuenta del movimiento de sus manos indicándome un mensaje. Sus dedos extendidos señalan sus ojos y luego los desvía repetidamente hacia la gran sala. Ahora entiendo. De igual manera que nosotros los vemos, ellos nos pueden descubrir desde cualquier posición. Con esa reacción tan familiar, mi mente se ha despejado de golpe y se me ocurre una idea un poco descabellada. Espero que Yago me ayude sin rechistar. Lo veo envalentonarse y temo que cometa un error. No nos pueden descubrir ahora, estamos demasiado cerca de nuestra salvación.

«¿Ves esos trajes de plástico amarillo que llevan todos? Yo soy más pequeña, me arrastraré hasta llegar a aquella sala y cogeré dos. Nos camuflaremos como si fuésemos cualquiera de ellos, hasta conseguir encontrar la salida.»

«Muy buena idea, Blanca».

No se me habría ocurrido. Se nota su experiencia en asuntos peligrosos. Cuando salgamos de aquí, le invitaré a un café y pienso sonsacarle todos los misterios e interrogantes que me he estado preguntando sobre ella desde que he abierto los ojos. ¿Quién es? ¿A qué se dedica? La idea de que pueda ser una espía no es tan descabellada. Recuerdo un comentario de Blanca, decía ser agente de policía hasta sufrir la pérdida de su brazo en el terrible atentado del 11M en la estación de Atocha, pero… ¿Será cierta su colaboración con ellos cómo detective privado? Es demasiado joven para haber hecho tantos trabajos… A no ser que sea una superdotada. Se lo preguntaré en cuanto salgamos de aquí, si lo logramos. Se arrastra como una serpiente y veo su trasero en pompa. Aparto la mirada para no sonrojarme. ¡Cálmate, hombre, céntrate!

Intento hacer el menor ruido posible, aunque sin zapatos todo movimiento parece mucho más fácil. Ahora, debo levantarme muy lentamente y coger los dos trajes. No rezo nunca, pese a que, en estos momentos tan críticos, no paro de recitar impulsivamente el padre nuestro. Con mi recién estrenada mano, alcanzo los dos plásticos y los descuelgo del gancho. Al notar el frío tacto, siento el triunfo en mis manos, pero no me siento a salvo. Todavía no. Al agacharme de nuevo, tengo que mitigar el ruido emitido por las prendas amarillas al chocar contra el suelo. Decido morder las puntas y llevarlas atrapadas con la boca. Caigo en la cuenta de que me tropezaré y, sin más tardanza, lanzo los trajes a mi espalda. Es impensable la pinta que tengo, andando a gatas, con los trajes colgados de la espalda y sujetos con la boca. ¿Qué estará pensando de mí Yago? Intuyo la respuesta. Seguro que se está tronchando de la risa. Vuelvo a la realidad cuando noto el plástico aplastado contra mi cara, que me dificulta respirar con normalidad. Ya llego.

Si estuviera en otra situación, me partiría de la risa. La veo llegar a gatas con las prendas plásticas enganchadas en la boca y está muy graciosa. Ha tenido una idea excelente. No puedo afirmar que sea un acierto, sin embargo, tampoco tenemos otra opción. Ahí está, con esa mirada triunfante mezclada con la incertidumbre de no saber qué pasará después. Me pongo el traje y se pega a mi piel… Me va por encima de la rodilla a modo de minifalda. Estoy ridículo, lo sé, mejor reír. Ya pensaré como solucionar la imagen que tendrá Blanca de mí. Quizá, si logramos salir de aquí, no quiera volver a verme nunca más, aunque en este momento, no me preocupa. Lo primero es salvar la vida. Tampoco puedo descartar la idea, por muy descabellada que parezca, de que sea ella la culpable de mi fatalidad. Tan sólo llevamos juntos unas pocas horas y ni metiéndome en su mente he podido averiguar todo su interior.

Me siento pegajosa. El trayecto hacia Yago me ha hecho sudar. El roce de mi piel con el traje ha creado una fusión extraña, se ha vuelto plástica. Me incorporo lo más deprisa que puedo y disimulo como si fuera una de aquellas personas que revolotean cerca. Apenas unos metros nos separan de un inquietante enjambre de científicos chalados… ¡Y no pretendo caer en sus redes! Si esto sale bien, le doy a Yago un beso en los morros. Es de locos. Me alejo del bullicio, centrado en un gran escenario lleno de luces que me resultaron parecidas a las sufridas encima de nuestros cuerpos sobre las camillas. Es una recreación exacta del lugar de donde hemos escapado. No quiero pensar en lo que estarán tramando. Debo centrarme en encontrar una salida. Después de rodear todo el movimiento, que se plasma cada vez más cerca de nuestros ojos, y con ello el peligro de ser descubiertos, me sorprendo al ver una alucinación. Debe ser un espejismo, fruto de mi ansia de vivir. Al final de la nave, aparecen los destellos de una puerta metálica. ¡Esto no puede ser cierto! De verdad, es surrealista. Parece sacado de un libro. Veo un cartel en el cual se lee claramente: Salida de Emergencia. No puede ser tan fácil. Con un gesto brusco de mi cabeza, y con cuidado para no ser descubiertos, llamo la atención de Yago. Le indico con una mirada, entre sorprendida y audaz, para que apunte hacia la dirección del letrero. Enseguida, noto su sonrisa engrandecida por momentos, hasta aparecer una recopilación de todos sus dientes perfectos y brillantes. Yago estará lo mismo, o puede que más sorprendido de mi descubrimiento que yo misma.

No entiendo cómo lo ha conseguido, pero ahí, delante de mis ojos, se presenta como un espejismo el anuncio de la salida. Es imposible pensar en algo más maravilloso que atravesar esa puerta. Bueno, sí, atravesarla con esa mujer que ha conseguido el milagro. Todavía no me puedo creer la suerte tan inmensa que hemos tenido. Algo me hace oscurecer en la duda. Quién nos ha ayudado y por qué. No importa ahora. Lo increíble es la sensación de libertad que me invade al mostrarse la realidad ante mí, a sólo unos pasos. Mi antigua vida se presenta como si fuese una pesadilla y hubiera despertado en este mismo instante. En cuanto salga de aquí, avisaré a la policía y podré reanudar mi historia. ¡Menudo inicio me espera! Cuando recuerdo que puedo caminar, una impaciencia por abandonar este horroroso lugar me invade. Necesito empezar a existir, empezar una vida mejor y olvidar esta situación tan inverosímil.

Yago me sigue demasiado cerca, casi tropieza conmigo. Le ha entrado la prisa y eso es muy malo. Tengo muy claro lo que debo hacer y no es precisamente chocar y caernos de bruces delante de esos criminales. Debemos tener paciencia, ser sigilosos: nadie debe presentir la salida de nuestro letargo. Un movimiento extraño en nuestro comportamiento y adiós, hasta nunca. ¡Maldita sea mi estampa!

«Yago, nos van a descubrir».

Blanca tiene razón, tenemos tan cerca la libertad que hasta puedo saborear el aire fresco. Falta atravesar un angosto y plástico pasillo hasta llegar a una puerta doble metálica. Parece la típica salida de un cine. Es probable que esté abierta. Al acercarme, me doy cuenta del acierto. Con un pequeño empujón a la barra de color rojo, se ha descubierto la luz potente del exterior. Salimos disparados intentado captar cualquier detalle que nos indique el sitio donde nos encontramos. A la vez, nos despojamos de los plásticos pegados a la piel y los lanzamos al suelo. Sólo hemos podido alejarnos unos metros de la base, hasta llegar al final de la tierra firme. Estamos rodeados de agua.

—¡Lo hemos logrado, Blanca! Somos libres. Qué gusto sentir el sol. Pero… ¿Dónde estamos?

—Yo qué sé. No entiendo lo que hacemos en medio del océano. Estamos encima de una especie de peñón y lo único existente es ese edificio parecido a medio cascarón de huevo. ¿Has visto la playa? Porque es inexistente. Sólo hay rocas y corales: es imposible escapar de este lugar. Nos hemos metido en un gran lío. ¿Qué vamos a hacer ahora, Yago? ¿Cómo vamos a salir de aquí?

—Blanca, no es por nada, pero ¿te has dado cuenta de que estamos desnudos?